En la nostra capacitat d’oblit reposa la felicitat. Però, a vegades, l’únic lloc on podem refugiar-nos per no perdre la identitat està en el record. Si no, què ens queda? Per sort, l’afecte dels éssers estimats il·lumina el buit on, per desgràcia, massa àvies i avis es troben. Una abraçada, un petó o una carícia, és l’única cosa que demanen en aquests temps de pandèmia…

Un relat de Trini Viñas que abraça la vellesa amb tendres paraules i que ens interroga en el llibre ¿Existe Dios? Del qual n’és autora.

Abuela María

Ella se inflaba como un pavo real, cuando le decía lo guapa que estaba mientras la aseaba y la peinaba diciéndole lo brillante y bonito que tenía el pelo. Recuerdo su mirada coqueta y sonrisa agradecida cuando le hacía oler la colonia que le ponía. Luego le preguntaba:

–¿María quieres que te pinte los labios?

–No… decía con rotundidad. ¡Mi padre no quiere que me pinte!

Vale, tampoco lo necesitas, estás guapa de todas formas. A veces intentaba abrir la puerta, pero la llave estaba echada… alguna vez se había escapado y no sabía volver:

–¿María a dónde vas?

–Me tengo que ir, porque mi padre se enfadará si llego tarde. Pero la puerta no la puede abrir.

–Tranquila María, tranquila, él ya sabe que estás aquí.

–Ese hombre… me ha dado un beso y si mi padre se entera se enfadará mucho y me reñirá.

–María ese hombre es tu marido.

–No… ¡Si yo no tengo novio! mi padre seguro que me riñe cuando se entere.

–No te preocupes, yo no voy a decir nada.

Recuerdo con tristeza, las lágrimas que recorrían las mejillas del abuelo.

La abuela María, en poco tiempo, perdió los recuerdos de toda su vida de adulta. Por aquel tiempo parecía vivir en la adolescencia.

Solo hablaba de sus padres y hermanos. No reconocía a sus hijos, ni a sus nietos. Todos éramos extraños para ella, en pocos años fue retrocediendo a través del tiempo, hasta que dejó de hablar y con la mirada perdida se pasaba horas. Su vida, al igual que una vela, se fue apagando lentamente.

Con cariño y en recuerdo a la madre de mi marido y abuela de mis hijos que padeció la temible enfermedad del Alzheimer, pero que pudimos estar siempre con ella.

 

 Trini  Viñas