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Por José García Obrero

El domingo me levanté casi a las diez, me quedé en la cama más de tres cuartos de hora y, siguiendo con la letra de los granadinos Los Planetas, al asomarme por la ventana, vi una estupenda mañana. Así que, tras desayunar, me reuní con mis amigos en la cordobesa Plaza de la Corredera, en mi barrio, tradicional caladero de votos de Izquierda Unida y uno de los pocos (sino el único) donde ganó Adelante Andalucía en toda la ciudad.

Bajo una luz de otoño a la que dábamos tragos, pues saltaba, feliz, de los cabellos a las cervezas, hablamos de nuestras previsiones sobre los resultados electorales. Nuestro pronóstico era parecido al que habíamos intercambiado, por teléfono, mis padres y yo (ellos viven en un pueblo de la provincia); también variaba poco del que, en la oficina en la que trabajo, veníamos comentando la semana anterior durante los desayunos. Esta previsión, que formaba parte del aire que respirábamos, era el indiscutible éxito del PSOE, que, junto con Adelante Andalucía, daría una mayoría más que suficiente para gobernar.

El resto era casi ridículo: Juanma Moreno era ese candidato opacado por un Pablo Casado de discurso tan endurecido, en ocasiones tan abiertamente extremo, que le obligaba a caminar como funambulista sobre la cuerda de lo ético. Con Juan Marín, de Ciudadanos, sucedía algo distinto, pero igual de negativo: había probado la rara miel de apoyar, hasta hace poco, a la mismísima Susana Díaz. ¿Dónde estaba Vox en todo este análisis? Estaba en una esquina, apartado de las autovías y trenes, aislado bajo los plásticos, en el desierto, en esa provincia tan poco andaluza (y que, al mismo tiempo, la completa y define) de Almería. Vox, en mi entorno, ni siquiera formaba parte de los memes. Demasiado ridículo, insultante, agresivo, machista, racista, casposo y trasnochado como para tomarlo en serio.

Vuelvo a retomar dos ideas con las que he comenzado este escrito: que hacía un espectacular día soleado y que la atmósfera suspendía un nuevo, indiscutible, triunfo del PSOE, pese al declive de su líder y a la derrota frente a Pedro Sánchez. Subrayo esas dos ideas porque generaron una desgana, un “todo está ya hecho”, que desmotivó y desmovilizó, como evidencia el altísimo porcentaje de abstenciones, a muchísimos votantes. También propició una menor tendencia al “voto útil” (en mi entorno inmediato hubo no pocos votos a Pacma y a Equo que, ante otras expectativas, habrían ido a Adelante Andalucía o el PSOE).

Esa noche, mientras se producía el retraso en el recuento debido a la inexistencia de papeletas de Equo en Sanlúcar de Barrameda, una bomba de neutrones estalló en las redes sociales: algunos medios de comunicación daban siete u ocho diputados a Vox. No podía ser cierto. Pronto ese pronóstico se convirtió en golpes de bate de béisbol, al ser compartido por analistas de programas de televisión. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era posible que unos tipos ultramontanos, que habían aparecido diciendo barbaridades abiertamente fascistas, con un vídeo en que prometían hacer una reconquista a caballo, tuviesen ese acogida? El resultado final, tras el recuento definitivo, nos arrojaban al peor escenario imaginable: doce diputados para Vox.

Justo en ese instante de desolación ante la indigestión por el ascenso del émulo ibérico de Trump, Le Pen, Salvini y Bolsonaro –sin perder de vista que el PP de Casado y Ciudadanos no son precisamente un dechado de virtudes–, irrumpió el whatsapp celebratorio de un familiar y, como el mazazo que hace añicos los cristales de un escaparate, la realidad quedó expuesta, desnuda, al alcance de la mano. Recordé, durante el procés, esos mensajes con vídeos de exaltado (y edulcorado) amor a España; recordé que, cuando nos manifestábamos vestidos de blanco por el diálogo, apareció un grupo más numeroso en contra de todos nosotros; recordé cómo, repentinamente, una ardilla podía recorrer el centro de la ciudad saltando de bandera en bandera; recordé esos mensajes en que se aludía a las supuestas “prebendas” para los inmigrantes; recordé conversaciones cazadas al vuelo que decían: “los españoles primero, ¡qué cojones!”; recordé las palabras de la activista ecologista Yayo Herrero, que se resumen en la siguiente idea: ante la crisis energética cada vez más profunda, o se opta por cambiar el modelo socioeconómico por uno más solidario y sostenible o los populismos excluyentes, agresivos, con el respaldo de los poderes, van a seducir a gente a base de recetas fáciles. Todo encajaba bajo esa luz oscura.

Esa noche no pude pegar ojo, lo que me permitió pensar en muchas cuestiones. Una de ellas es que la irrupción de Vox modifica la percepción sobre el resto de grupos políticos. Y eso tiene que ver, además de con el PP y con Ciudadanos, con el PSOE de Susana Díaz. Un PSOE que, no hay que olvidarlo ahora, exigía un relevo, oxígeno, pues ya arrastraba demasiadas inercias, tics neoliberales y, si alguien se asoma a Canal Sur, dosis suficientes de “panycirquismo” como para dormir años seguidos de siestas en el sofá.

Andalucía, ese bastión irreductible de la izquierda, se nos ha convertido de la noche a la mañana en la antesala de los tiempos modernos en Europa: la asunción de la extrema derecha como normalidad política y social.

Así, para cerrar también con dos temas de Los Planetas, pasamos de “Un buen día” a una “Pesadilla en el parque de atracciones”. Como decía el poema de Auden: “Que sequen el océano y barran los bosques/ porque ya nada de lo que venga habrá de ser bueno”. A no ser que nos encuentren en nuestro sitio: yendo a votar, activos, atentos y siempre en frente.

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José García Obrero nació en Santa Coloma de Gramenet en 1973, aunque reside en Córdoba desde 1997. Es autor de los poemarios Un dios enfrente (La Garúa, 2013), Mi corazón no es alimento (Ediciones En Huida, 2014) y La piel es periferia (Visor, 2017) con el que obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Burgos en 2016. Como traductor ha publicado Mal (Valparaíso, 2015), del poeta catalán Jordi Valls. Actualmente, forma parte del equipo de redacción de la revista de poesía Caravansari y colabora en el suplemento cultural Cuadernos del Sur, de Diario de Córdoba.