A les persones que obren el seu cor i el donen, sempre els queda la recança de no haver fet prou. Es retreuen en el seu interior: algú més a qui segurament haurien pogut salvar! Sense donar importància al bé que han fet. Però, i si el món fos diferent, caldria sentir-se culpable per no haver-hi pogut fer més?

La Rosa Lozano, en el seu escrit de “Confesiones íntimes”, i segur que no tan imaginàries, ens interpel·la sobre una dualitat que a ningú no és aliena.

CONFESIONES ÍNTIMAS (E IMAGINARIAS) DE PABLO, EL POETA, AL CÓNSUL NERUDA

Mis manos, temblorosas de emoción, sostienen, por fin, las listas con los nombres y apellidos de hombres y mujeres. Cada uno de ellos, apostillado con una breve nota en que se aclara procedencia, profesión y, si la hay, filiación política. Nada dice la nota de si fueron buenos vecinos, de si son buenos padres, de si son generosos, de si viajaron solos porque ya nadie les queda…Tu gobierno te exige que tengan un perfil profesional, que sean necesarios, útiles, expertos, para intelectuales ya tenemos los nuestros, dice Aguirre; y nuestro presidente acepta el embarque de 1600 almas, ni una más, porque esta tierra ya tiene sus propias escaseces y porque, sólo con el anuncio de traerlas para acá se levantó una crisis que va capeando como puede, amparándose en la solidaridad de nuestro pueblo y argumentando, en acalorados debates y en la prensa, que los refugiados españoles vienen a colaborar en el crecimiento económico de Chile y que, los que hoy son perseguidos en España, lo son por sus ideas y no por delincuentes.

Cerca de medio millón cruzaron la frontera, algunos sobreviven como pueden dispersos y escondidos por los pueblos de Francia; muchos, muchísimos, malviven o mueren hacinados en Campos de Concentración que ni los propios franceses se atreven a llamar de Refugiados. Yo lo he visto, he visto a los perdedores derrotados; les he visto defecar abochornados delante de la multitud y enterrar la mierda con sus manos; les he visto sin agua, sin alimento, sin abrigo ni cobijo; les he visto pelearse por una hogaza de  pan duro que un guardia senegalés ha lanzado a través de la alambrada. Les he visto ser tratados peor que a perros y ya no puedo, no puedo, mirar hacia otro lado.

Y ahora, tus manos firmes, son las últimas manos que sostienen las vidas de mis españoles y las otras, son las que, usando un monosílabo, decidirán el destino de estos nombres y apellidos y el de los nombres y apellidos que no fueron escritos en las listas, aquellos que yacerán, olvidados en cajones polvorientos, adornando las solicitudes descartadas. Y tú citas a mis españoles de uno en uno, porque yo necesito mirarles a los ojos y oír sus voces para poder distinguir cuáles son míos y, así, poder ignorar a los que no, a los que no van a partir porque ya está cubierto el cupo de alfareros, por no ser de los mejores en lo suyo, por no ser relevantes o significados, por no ser necesarios, por no ser mis amigos. Y mi alma se agrieta al entender que para salvar a unos pocos, debes condenar a muchos, y que quizás algunos de ellos sean semillas que hubieran dado frutos exquisitos, embriones que tu mano hará abortar antes de tiempo, arrebatándoles la tierra abonada de mi Chile en la que hubieran germinado en paz y libres. Y, alentado por mí, a todos pones sí, o a casi todos; y yo añado algunos nombres, porque ya no puedo salvar tu vida, amigo Federico, sólo tu recuerdo como un tesoro en mi memoria. Y aprovechando, Cónsul, que te ausentas un momento, escribo Mauricio Amster, Leopoldo Castedo, Antoni Ferrer; y escribo Josep Balmes, Roser Bru y Montserrat Julió, benditas semillas a las que mis manos henchidas de poesía, permitirán dar jugosos frutos en mi suelo. Y entre numerosos labriegos, carpinteros, pescadores, curtidores, albañiles, zapateros, voy infiltrando artistas y poetas, periodistas e historiadores, escritores y filósofos, médicos y arquitectos, dramaturgos, editores y maestros; e incluso algún anarquista- que aunque tú y yo empezamos a ser comunistas en nuestra guerra de España, en la que ya quedó claro que las nuestras no son ideologías llamadas a entenderse – comprenderás que en esta que es mi Arca de Noé, tiene que haber de todo. Y añadiré también a Víctor, ingeniero, que huido del horror de “Le Bolou” te ha visitado en París  y, aunque le dices, frío y distante, no le prometo nada, ya veremos, al mirarle a los ojos ya era mío. Y una vez en el muelle, a punto de zarpar, emocionado al ver a las familias separadas por la guerra reencontrarse, le diré que sí a Piedad, que amenaza con tirarse al mar embarazada, a punto de parir, con su hijo de ocho años de la mano, y nos hemos mirado ahora es mía; y le diré que sí también a Carmen, sobre la que se cierne la sombra de la muerte y que ha acudido a la llamada de un poeta, que con dieciséis años viaja sola, sin  papeles y ella, ella también es mía. Y las que debían ser 1.600 almas ya son más de 2.000, contando las visadas por el SERE, más las que yo añadí o que dejé embarcar de polizones. Y así van todos mis españoles subiendo al “Winnipeg”, mi barco alado cargado de esperanza, el que cruzando el mar les llevará a mi Valparaíso que será, al arribar, su paraíso. Y mientras sonríes y te retratas con los niños y les entregas los panfletos que cuentan maravillas de tu tierra, yo veo a Carmen asomada en la cubierta, afligida por el llanto de tantos que quisieran hoy zarpar y quedarán deambulando en esta tierra hostil, a merced de los horrores de otra guerra.

¿Y  yo, no siento nada?, ¿no siento pena ni tristeza? ¡No!, yo sólo puedo sentir felicidad, una felicidad inmensa, y me pregunto si es cierto que hice esto más por ellos que por mí… y no sé la respuesta. Respóndeme tú, cónsul, hermano, tú que me conoces bien, dime que esto fue una lucha y no una gesta, dime que fui sólo un guerrero, que nunca pretendí erigirme en héroe. Dime que no me movió la vanidad sino el amor. Dime que no fleté este barco por dejar una estela indeleble tras de mí, que no me impulsó el temor a que desaparezca la voz de mi poesía de todas las memorias, sino el afán de que las voces de tantos no fueran silenciadas. Dime, hermano, dime que yo les llamo así, mis españoles, porque les amo aún sin conocerles, y no por creerme su ángel salvador o el dueño de todos los destinos.

 

 Rosa Lozano